Nos llega literatura más allá de los límites que nos impone nuestro lugar de nacimiento y nuestra formación, porque existe alguien que se encarga de traducir las obras que no están escritas en nuestra lengua materna, que es la que marca los límites de nuestra comunicación.
El trabajo de un traductor dentro de una editorial es de una importancia capital. De él depende, en gran medida, que una obra tenga éxito o fracase fuera de sus fronteras. Una mala traducción, una mala interpretación de una obra, puede tirar por tierra todo el trabajo creativo de un escritor. Pasa así a convertirse casi en un segundo autor. Alguien que tiene un trabajo sordo, quizá también poco agradecido. Un trabajo que, si se hace bien, no se nota. Pero que, si se hace mal, puede enviar al libro al más absoluto destierro.
En el Anaquel de esta semana hemos contado con la presencia de Julio Reija. Julio es un traductor joven, pero avalado por una amplia experiencia en distintos idiomas, para distintas editoriales y en distintos géneros, que abarcan desde la novela, a la poesía o el cómic.
Él nos ha desvelado cuáles son los secretos, entresijos, defectos y virtudes de una profesión que está condenada a vivir a la sombra de la autoría, pero que ha de caminar muy de cerca junto a ella sin perderle el rastro.
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