¿Cuesta abandonar esos personajes? ¿Se queda uno viviendo por un tiempo dentro de su novela, cautivo de ella, como un preso que sufre el Síndrome de Estocolmo está cautivo de sus raptores?
Es necesario desarrollar otras fichas del tablero, así que los jugadores trasladan la partida a otra zona del mismo. ¿Es optimista la literatura o es pesimista? La mayoría de las grandes obras de la historia parece encerrar dentro de sus páginas un cierto pesimismo, una cierta melancolía. Sin embargo, el acto de escribir en si mismo parece que encierra un punto de rebeldía, un punto de optimismo, de querer sacar la cabeza para retar al mundo.
Y como era de prever, los jugadores se atreven con jugadas de mayor profundidad, jugadas que dicen más de su forma de jugar. En definitiva, de su forma de escribir. ¿Llega a perder el escritor profesional la vergüenza de escribir, su inocencia? ¿O sigue siendo aquel adolescente que escribía sin miedo, pero con pudor un tanto pueril? ¿Se pierde junto con la inocencia el atrevimiento?
Lamentablemente, la perdida de la inocencia también le afecta a uno como lector y no sólo como escritor. Esos mundos nuevos, que antes uno descubría entre las páginas, ahora se miran con otros ojos, con las lentes de una profesionalidad que no siempre parece ofrecer cosas positivas.
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