Escribir, ya lo decía el director de cine François Truffaut, se hace con las tripas. Hablamos de la buena literatura, claro. Porque hay novelas que se escriben con la escuadra y el cartabón de las campañas de marketing y con la más que dudosa mano de algún editor, que transforma de cabo a rabo los infumables textos que el escritor puso en sus manos para convertirlos, en ocasiones, en un betseller.
Cualquier buen escritor, cualquier maestro de cualquier época, siempre ha intentado dejar tras de si un mensaje, a veces subterráneo, pero descifrable para el lector. Todas las grandes obras suelen ser novelas polifónicas. No sólo productos de mercado.
El autor verdaderamente entregado a la literatura tiene sus miedos, como es lógico. A fin de cuentas su profesión no deja de ser parecida a la de un trapecista que camina con cierta inestabilidad encima del alambre. Nadie garantiza la publicación de la siguiente novela y mucho menos la aceptación de los lectores. Y sin embargo su trabajo ha de ser una carrera de fondo.
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