Cada día tengo más dudas acerca de quién demonios es Care Santos. Si es la misma pesada insulsa que todas las mañanas me mira desde el espejo del baño o es esa que, de vez en cuando, hace algo que merece la atención ajena. La atención de gente de fiar, quiero decir.
Cronológicamente, ambas estamos muy puestas de acuerdo desde antiguo: más de treinta años ya de coincidir en todas partes: en las mismas calles de Mataró (llenas de bares, y de teatros, y de cines que hoy han desaparecido del paisaje), en aquella facultad de Derecho donde ambas nos aburrimos de igual modo, en la misma playa de Malgrat, en el mismo periódico barcelonés de los primeros escarceos con la palabra, en las mismas oscuras salas de cine, en los mismos cuerpos amados, en los mismos teatros, en los mismos bares de Barcelona, o Madrid o Sevilla, que ambas seguimos frecuentando, a veces con amigos inseparables que nos iluminan la vida y que también compartimos.
Pero hay entre nosotras abismos que nos separan cada vez más: la que me mira desde el espejo nunca se atreve a opinar, ni a levantar la voz, ni a subir al escenario. Es la que admira desde la pequeñez, y ordena por colores y tamaños sus admiraciones, y se emociona con la palabra ajena, y deletrea nombres a quienes sabe que jamás podrá alcanzar. Es la que teme por todo, la permanentemente hiperestésica, la acomodaticia, la que no es jamás tan feliz como entre fogones, cocinando un arroz o inventando un pastel de chocolate. Es la que cree los ojos de su hijo poblados de pequeños milagros,la que aspira a plantar un limonero en tierra propia y verlo crecer, la que es capaz de extrañar durante años, la que entiende, tristemente, que los ideales no existen para ser cumplidos. La odiosa.
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