George Gordon Byron heredó a los diez años el título de lord y la mansión de Newstead Abbey, un escenario apropiado para los ensueños de adolescente romántico. En su herencia figuraba además la belleza materna, la propensión manirrota del padre y una cojera que siempre lo atormentó. Su talento y el espíritu libertario que le hizo superarse a sí mismo, fueron méritos propios.
Tras estudiar en Harrow y Cambridge, escandalizando a la sociedad londinense con su conducta, se lanzó con 21 años a la palestra literaria en la que no fue bien recibido. Hastiado de convencionalismos, abandonó la comedida Inglaterra por la vida exuberancia de los países meridionales donde luchó junto a los oprimidos por la libertad, tanto contra el yugo napoleónico en España, como contra el austriaco en Italia o el turco en Grecia y Albania. Al volver de estos viajes publicó Las Peregrinaciones de Childe Harold y de la noche a la mañana se hizo rico y famoso en la patria que lo repudió y que ya no volvería a verlo más que en cuatro urnas repartidas con sus restos.
Percy Bysse Shelley era hijo de un baronet sin título que recibió impertérrito la odiosa educación de Eton, aunque ya en Oxford fue expulsado por escribir un panfleto titulado La Necesidad del Ateísmo. Generoso de espíritu, quiso consagrar su vida a la defensa de los débiles y encontró en Godwin, el filósofo de lo social convertido en su suegro, al hombre que le nutrió de ideas de entrega a los demás, mientras le atormentaba con insaciables peticiones de dinero que el joven Shelley apenas podía proveer.
Byron era cínico, escéptico, caústico. Shelley, un ser benéfico, angelical y utópico. Ambos utilizaron el poema narrativo a la manera miltoniana para expresar sus delirios pero mientras Byron era el genio de la ottava italiana, ágil y llena de vigor lírico, Shelley construía endecasílabos majestuosos, cargados de hondura épica.
A los dos les atraía el genio y la verdad del otro. A fin de cuentas el Don Juan del lord tenía que bajar a los infiernos para cumplir su epopeya, al igual que el heroico Prometeo de su amigo Shelley, liberado del suplicio en la roca y devuelto al mundo de los hombres a quienes había regalado el don del fuego (símbolo del regalo de la palabra) robado a los dioses.
Una tarde aciaga Byron tuvo que acudir a reconocer el cadáver de su amigo, arrojado a la costa de Livorno por un mar traidor que lo había engullido durante una tormenta, cinco días antes, mientras navegaba. Supo que aquel cadáver devorado por los peces era Shelley por el librito con poemas de Keats que guardaba en el bolsillo. Con sus restos hizo una pira que se consumió frente al mar que tanto amaron, mientras abrazaba llorando a una desesperada Mary Shelley. “Ha muerto el mejor de los hombres, el más justo y también el más bello", fueron sus palabras.
Juan Eduardo Cirlot
Gonzalo Escarpa nos trae uno de los más brillantes poetas de la postguerra española, cuya obra ha sido apreciada en toda su valía sólo tardíamente. Nacido en Barcelona en 1916, Cirlot fue un explorador de las vanguardias que entró en contacto con el surrealismo y simbolismo en 1940. Trabó amistad con André Breton y formó parte del grupo "Deu al Set" creado por Joan Brossa en 1948. Es uno de los pocos autores españoles adscritos al movimiento Dadá. Murió en 1973.
La sólida educación musical de su juventud lo convirtió en crítico de música para La Vanguardia, donde también escribió artículos de cine. De su obra poética debemos destacar: «En la llama» 1945, «Cordero del abismo» 1946, «Ochenta años» 1951, «El palacio de plata» 1955, «Lilith» 1949, «44 sonetos de amor» 1971 y «Bronwyn» 1966-1971.
Es autor asimismo de importantes ensayos y tratados de teoría artística como Diccionario de ismos (1949), Introducción al surrealismo (1953), Cubismo y figuración (1957), El informalismo (1959) y su importante Diccionario de los símbolos, publicado por primera vez en 1974 y muchas veces reeditado como este ejemplar de Siruela que Escarpa muestra en el programa.
No podemos dejar de reseñar una deliciosa muestra de su poesía, con el poema:
67 VERSOS EN RECUERDO DE DADÁ
El uno se arrodilla dulcemente
el dos tiene las trenzas de papel,
el tres llena de plata los triángulos,
el cuatro no solloza,
el cinco no devora el Firmamento,
el seis no dice nada a las serpientes,
el siete se recoge en las miradas,
el ocho tiene casas y ciudades,
el nueve canta a veces con voz triste,
el diez abre sus ojos en el mar,
el once sabe música,
el doce alienta lámparas,
el trece vive sólo en los desvanes,
el catorce suplica,
el quince llama y grita,
el dieciséis escucha,
el diecisiete busca,
el dieciocho quema,
el diecinueve sube,
el veinte vuela ardiendo por el aire,
el veintiuno cae,
el veintidós espera,
el veintitrés adora los vestidos,
el veinticuatro sabe matemáticas,
el veinticinco magia,
el veintiséis amor,
el veintisiete guerra,
el veintiocho estrellas,
el veintinueve luna,
el treinta tiene garras de cerezo,
el treinta y uno flota,
el treinta y dos destruye los anillos,
el treinta y tres anula los espacios,
el treinta y cuatro ruge,
el treinta y cinco vive lejos,
el treinta y seis conoce la amargura,
el treinta y siete fulge,
el treinta y ocho baja,
el treinta y nueve quiebra torres,
el cuarenta se expresa,
pero el cuarenta y uno tiene páginas,
donde el cuarenta y dos halla su espejo,
donde el cuarenta y tres se desmenuza,
en el cuarenta y cuatro anidan tigres,
en el cuarenta y cinco monumentos,
en el cuarenta y seis hay una espiga,
en el cuarenta y siete distracciones,
detrás vienen cuarenta y ocho pensamientos,
cuarenta y nueve signos,
cincuenta cruces,
cincuenta y una lágrimas,
cincuenta y dos mujeres,
cincuenta y tres desiertos,
cincuenta y cuatro pianos,
para cincuenta y cinco partituras,
para cincuenta y seis sonidos,
cincuenta y siete soles,
cincuenta y ocho perlas,
cincuenta y nueve bocas,
sesenta muertes,
sesenta y una llagas,
sesenta y dos pirámides,
sesenta y tres adioses,
sesenta y cuatro diccionarios,
sesenta y cinco sentimientos,
sesenta y seis recuerdos,
sesenta y siete flores.
Amén. No