A todo el mundo le gustan las historias de la Historia. Los trovadores acompañaban con el laúd los cantares de gesta ante un público entregado. Los ciegos, durante siglos, recitaban historias de santos, crímenes, leyendas de bandidos o princesas, en los atrios de las iglesias: ésa era una historia cercana, una fusión de historia y literatura al alcance de cualquiera.
La Historia nos presta sus contenidos, sus distintos paisajes y pasiones y multitud de personajes. En su versión literaria puede ser fondo de época, novela con disfraz o fiel reconstrucción de hechos y situaciones. Lo mismo ocurre con el teatro, el cine o la ópera. Sólo hay que echar un vistazo: en el gran teatro del Barroco, los autores recurrieron a ella: Shakespeare se sumergió en el mundo romano para escribir Julio César o Marco Antonio y Cleopatra, por no hablar de la propia historia británica en tragedias como Ricardo III y tantas otras. Lo mismo hicieron Lope de Vega, Tirso de Molina o Calderón en España, Racine y Moliére en Francia.
En el cine, la lista sería larguísima: desde las legendarias Iván el Terrible, Éxodo, Beckett o Lawrence de Arabia, por poner cuatro ejemplos, que narraban peripecias históricas verdaderas, hasta esas otras películas que utilizaban el fondo histórico como escenario para contar una historia como Ben-Hur, Lo que el viento se llevó, Cincuenta y cinco días en Pekín o la actual Ágora de Alejandro Amenábar.
Los libretos de las óperas, por lo general, no hacen muco caso de la veracidad histórica. En eso son como Walter Scott: lo que non e vero e ben trovato. A Verdi, Rossini o Donizetti les importa más el impacto emocional, el drama, que si los protagonistas son del mismo siglo o los supuestos amantes padre e hija en la vida real. La ópera es esteticismo, aparato. Arropa lo verdadero, el canto.
Lo mismo ocurre en la novela histórica actual. Hay temas que apasionan, pero son extravagantes, enrevesados y obedecen a un patrón de intriga-mito-descubrimiento de secreto fundamental. El abuso de la novela histórica como entretenimiento de usar y tirar se ha generalizado e incluso se ha llegado a encumbrar a autores que no pasan de mediocres. Pero lo mismo ocurrió con Corín Tellado (UN POCO BESTIA, ACABA DE MORIR, PERO OK) y otros similares vendedores de best-sellers. Qué le vamos a hacer. El mundo es así y el público de masas no suele afinar mucho en sus gustos. Y si no, que se lo digan al cantante Georgie Dan.
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