En 1568, el noble señor Michel Eyquem de Montaigne (1533-1592) sufrió una caída de caballo a los 35 años que casi le cuesta la vida. Su padre había fallecido hacía poco y el huérfano pasaba por un periodo de melancolía. Ya recuperado, con una clara conciencia de la fragilidad humana y la inmediatez de la muerte, Montaigne dejó sus cargos en la magistratura de Burdeos para retirarse a sus posesiones en el Périgord y disfrutar de sí mismo, de sus seres queridos y de la lectura en la excelente biblioteca que poseía dentro de la célebre torre circular de su castillo.
Entre lectura y lectura, el Señor de Montaigne plasmaba sus pensamientos de un modo totalmente inusual hasta entonces, al vuelo, saltando de un asunto a otro según le dictara su ánimo o la imaginación, estimulado por los sucesos cotidianos y las obras de sus autores favoritos. Su mente vivía en perpetuo diálogo con Platón, Epicuro o Séneca, con los que se explayaba sobre los goces y misterios de la existencia. Lo mismo charlaba con ellos sobre la amistad que sobre el placer, los cálculos renales, la virtud o el canibalismo. Cuando con modestia llamó al fruto de sus meditaciones "ensayos", inauguró un género literario fecundo.
Sus meditaciones de grandiosa sencillez, tolerantes, sutiles e inteligentísimas hicieron de él una estrella solitaria que brilló en la noche de una Francia oscurecida por brutales guerras de religión. Filósofo sin academia, huyó de las abstracciones metafísicas y se limitó a comprender lo tangible y real. Sus ensayos influyeron mucho en Descartes y Pascal, Goethe y Emerson. Flaubert depositó el libro en el regazo de George Sand diciéndole: "Léelo de principio a fin y cuando termines vuelve a leerlo, es una maravilla", mientras que Nietzsche sostenía que en compañía de Montaigne la existencia le resultaría más soportable. Proust fue uno de sus más conspicuos herederos.
La obra publicada por Acantilado supera con mucho a cualquiera de las escasas ediciones castellanas. Lo último que esta extraordinaria editorial ha publicado sobre Montaigne es el delicioso apunte biográfico que el maestro Stefan Zweig dejó inacabado antes de morir. Zweig, humanista solitario en tiempos de indigencia, nunca se cansó de proclamar la necesidad del pensamiento individual y libre frente a las imposiciones totalizadoras de ideologías y demás locuras gregarias: el íntegro Montaigne fue su modelo. (Información tomada de Luis Fernando Moreno Ramos, en la edición de Babelia, El País, 15-12-2007)
Además de Montaigne, en esta edición de Leer os hará libros hay tiempo para analizar la obra de Eloy Fernández Porta, y para señalar con un dedo feliz los trabajos de Valéry, Ganivet, Dámaso Alonso…
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