En los últimos tiempos vivimos un arte de ruido y escaparate, donde es más importante estar que ser y parecer antes que existir. El poeta Ignacio Miranda ha optado por apartarse, como Frai Luis de León, del mundanal ruido y trabajar su arte en reclusión. No porque sea un asceta, sino porque para él lo importante es el arte y no su figuración.
Ignacio comenzó de adolescente, edad de la que no está muy lejos, siendo un poeta discursivo. Un poeta que primaba por encima de todo el uso de la palabra, pero poco a poco fue apartándose de ésta para descubrir nuevos caminos con los que conformar un poema. Caminos que no dejan al “lector” ni indiferente, ni mucho menos de lado. Precisamente lo que propone Ignacio es que el lector se involucre también en su obra, que se convierta también en un artista, como mínimo en un artesano.
Influencias pictóricas y escultóricas, uso del silencio como forma de expresión, objetos en dos y tres dimensiones que más que poemas son pequeños juguetes, diferentes materiales más allá de la tinta… Lo que propone Ignacio Miranda es un nuevo tipo de poesía que huye de la poesía tradicional y que salta del papel para convertirse en algo vivo.
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